Si llevas años usando medias de compresión que te dejan marcas rojas y nunca te quitan la pesadez al final del día — lee con calma lo que viene.
Si te dijeron que "las várices son hereditarias" y que "hay que aprender a vivir con ellas" — lee con más calma todavía.
Lo que escribo hoy no me fue fácil. No es sencillo decirle algo a tus pacientes durante 15 años y darte cuenta de que estabas dejando algo importante sobre la mesa. Pero llevo seis meses viendo en mi consultorio resultados que no había visto en toda mi carrera, y siento que ya no tengo derecho a quedarme callado.
Empezó en febrero de este año. Una paciente de 58 años, maestra jubilada de Naucalpan, llegó a control. Yo la había revisado cuatro meses antes y le había propuesto una EVLT (cirugía con láser) en la pierna derecha. No había aceptado. Tampoco estaba usando las medias que le receté.
Cuando le levanté la falda en la camilla, casi me caigo de la silla. Las várices que tenía en febrero — esas líneas violetas y torcidas detrás de la rodilla y por toda la pantorrilla — estaban considerablemente más planas. La piel alrededor, menos hinchada. Caminó hasta la camilla sin la cojera de antes.
—Doña Cecilia, ¿qué hizo? —le pregunté.
Me contó del balm europeo que su hija le había mandado desde Madrid. Me mostró el tarro. Vi los ingredientes. Me reí internamente — qué se podía hacer con un ungüento de hierbas que la medicina convencional no estuviera haciendo ya con cirugías de $40,000 pesos. Pero me lo guardé. La cité a control en dos meses más.
Cuando volvió en mayo, las venas seguían bajando. Las que eran azul oscuro ahora se veían como un tono violeta tenue. La piel de la pantorrilla estaba más suave. Por primera vez en años, me dijo, podía dormir sin almohada bajo las piernas.
Esa misma noche en casa empecé a leer en serio sobre el ingrediente que llevaba 150 años en las farmacias europeas y que en México casi nadie conoce. Lo que aprendí me hizo entender por qué le había estado fallando a mis pacientes durante 15 años.